Volver para aprender: lo que la Amazonía me recordó sobre escuchar
Hace cuatro años tuve mi primer encuentro con los A’i Cofán, un pueblo ancestral de la Amazonía ecuatoriana.
Este año sentí el llamado de regresar.
Pero regresar no significaba volver al mismo lugar desde el mismo lugar interno.
Esta vez regresé con una conciencia distinta: la de quien sabe que todavía tiene mucho por aprender.
Después de tantos años acompañando procesos humanos, una de las cosas que más profundamente he comprendido es que acompañar a otros también implica aceptar que nosotros seguimos siendo alumnos.
Y quizás una de las formas más importantes de aprender sea justamente esta: acercarnos a aquello que no conocemos sin la necesidad de tener respuestas.
Una manera diferente de mirar la vida
Los A’i Cofán han habitado y protegido durante generaciones los territorios de la selva amazónica de Ecuador y Colombia.
Su lengua es el A’ingae y su manera de comprender el mundo nace de una relación íntima con el territorio.
Para ellos, la naturaleza no es simplemente el escenario en el que transcurre la vida.
Es una realidad viva de la que el ser humano forma parte.
Esta manera de mirar cuestiona muchas de nuestras propias formas de relacionarnos con el mundo.
Estamos acostumbrados a observar la naturaleza desde afuera, a nombrarla, estudiarla, clasificarla y utilizarla.
Pero ¿qué sucede cuando dejamos de considerarnos separados de ella?
¿Qué sucede cuando comprendemos que somos parte de aquello que observamos?
Tal vez entonces la relación cambia.
Y también cambia nuestra manera de escucharnos.
Regresar desde la humildad
Dentro de la tradición A’i Cofán, el yagé es una medicina sagrada. Su uso está profundamente ligado a la sanación, al conocimiento, a la relación con los ancestros y al mundo espiritual.
Acercarse a una tradición así requiere respeto.
No se trata de tomar elementos de una cultura y trasladarlos a otro contexto como si fueran herramientas disponibles para nuestro uso.
Tampoco de creer que una experiencia nos convierte, de manera automática, en conocedores de aquello que acabamos de experimentar.
Para mí, regresar significó precisamente lo contrario.
Significó recordar que hay conocimientos que no me pertenecen.
Que existen saberes que han sido recibidos, cuidados y transmitidos durante generaciones.
Y que acercarse a ellos requiere humildad.
Regresé para escuchar.
Para observar.
Para aprender.
Selva, cuerpo, silencio
Fueron días de selva, ríos, ceremonias, cuerpo, silencio y escucha.
Algunas experiencias trajeron comprensiones muy claras.
Otras ocurrieron en un territorio mucho menos explicable.
Un territorio profundamente corporal, donde no había imágenes ni respuestas y, sin embargo, algo parecía estar moviéndose.
Esto también forma parte del aprendizaje.
Vivimos en una cultura que busca poner palabras a todo, encontrar explicaciones, entender rápidamente lo que sucede.
Pero hay experiencias que necesitan otro tiempo.
Hay comprensiones que llegan primero al cuerpo y mucho después encuentran un lenguaje.
Y quizá no todo tenga que ser explicado inmediatamente para poder ser significativo.
A veces necesitamos simplemente permanecer presentes.
Escuchar.
Esperar.
Permitir que algo se revele cuando esté listo para hacerlo.
Lo que sucede más allá de lo conocido
Mi acercamiento a estas experiencias también tiene que ver con mi propio camino como terapeuta.
Me interesa comprender los estados expandidos de conciencia y las diferentes formas en que el ser humano puede acceder a dimensiones de su experiencia que no siempre están disponibles desde la conciencia cotidiana.
Pero acercarme a estos territorios también me recuerda la importancia del discernimiento.
No todo lo que experimentamos necesita convertirse en una verdad absoluta.
No toda experiencia extraordinaria es necesariamente una respuesta.
Y no todo aquello que sentimos profundamente tiene que ser interpretado de inmediato.
Aprender también es poder permanecer frente a lo desconocido sin apresurarnos a llenarlo de significado.
Acompañar también significa seguir aprendiendo
Mi intención al continuar acercándome a estas tradiciones no es apropiarme de ellas ni pretender reproducirlas.
Es seguir preparándome como terapeuta y como ser humano.
Ampliar mi comprensión.
Conocer otras maneras de aproximarnos a la conciencia.
Y contar con más herramientas para acompañar, con responsabilidad, respeto y discernimiento, los procesos de las personas que confían en mí, y en mis talleres y retiros.
Creo que quienes acompañamos procesos humanos tenemos una responsabilidad particular.
No podemos dejar de cuestionarnos.
No podemos dejar de observarnos.
No podemos creer que porque llevamos muchos años caminando ya conocemos el camino.
La experiencia puede darnos herramientas, pero también puede convertirse en una trampa si dejamos de tener la capacidad de sorprendernos.
Por eso sigo aprendiendo.
La responsabilidad de permanecer como alumna
Después de tantos años acompañando procesos humanos, sigo creyendo que una parte fundamental de nuestra responsabilidad como terapeutas es continuar siendo alumnos.
Alumno de la vida.
De nuestro propio proceso.
De las personas que acompañamos.
De las experiencias que nos confrontan.
Y también de aquellos conocimientos que existen mucho antes que nosotros y que merecen ser escuchados desde el respeto.
La Amazonía volvió a recordármelo.
Volver no siempre significa encontrar algo nuevo.
A veces significa regresar para mirar lo mismo desde un lugar diferente.
Y descubrir que todavía no habíamos aprendido a mirar.
Hay conocimientos que estudiamos.
Hay otros que podemos comprender intelectualmente.
Y hay otros ante los que necesitamos hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:
aprender a escuchar.
Quizás ese sea uno de los aprendizajes más profundos de cualquier camino interior.
No llegar a saberlo todo.
Sino conservar la capacidad de seguir siendo alumno.






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